Hace quince años me abrí un blog llamado «América desde aquí» con el que mantener al día a mi familia y a los cuatro gatos que me leían en la blogosfera. Sobra señalar que en quince años ni los blogs, ni América, ni el aquí desde el que escribo son los mismos. Ya no hablemos de mí, que estoy haciendo un esfuerzo muy grande por no cambiar el «aquí» por un «iukei» con este nuevo software de padre que me instalaron hace ya casi dos años.
Quince años desde que me fui a Estados Unidos debería asustarme si no me asustase más que en estos días estoy a punto de hacer diez viviendo en Reino Unido. He aprovechado el tiempo. Vivo ahora con dos canadienses que, para terminar de cerrar el círculo, ya me han explicado que Canadá no es América sino Norteamérica aunque siguen mirándome muy raro cada vez que les pregunto por qué no llamamos también «latinos» a los habitantes de Quebec.
Puede que sea mi compulsión a levantar un blog y abandonarlo tres entradas después, pero las últimas semanas han pasado cosas que me empujan a hacer algo más. Un más bastante acomodado si me comparo con aquellos que se han liado la manta a la cabeza y se han metido hasta las orejas a dar paladas de barro, pero el que me permite una casa en la que la primera hora de soledad son las nueve y media de la noche.
Necesito entender cosas y escribir ha sido habitualmente mi mejor estrategia. Todo apunta, como decía, de vuelta a América, aunque solo sea como punto de partida para entender este cambio que se va a producir. O, a lo mejor, para descubrir que dicho cambio ya se produjo hace tiempo y solo ahora empezamos a ver sus consecuencias.
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